Sé muy bien que a veces no he cumplido con lo prometido. Me he prometido a mí mismo cuidarme con la dieta para bajar de peso, pero por más buenas intenciones que tengo, no siempre logro lo propuesto. A veces, y aunque las haya hecho con toda seriedad, no cumplo promesas hechas a mis seres queridos.

El diablo también hace promesas, pero con malas intenciones. Es tan osado, que se atreve a hacerle promesas al propio Hijo de Dios, aun cuando sabe desde un principio que no las va a cumplir. Y no las cumple por dos razones: porque no tiene poder para hacerlo, y porque sus promesas son sólo para hacernos caer en su trampa. Sus palabras pueden ser dulces y suaves, y lo que ofrece puede ser muy tentador, pero él  nunca tiene buenas intenciones. Por ejemplo: ¿alguna vez cediste a la tentación de gritarle a alguien, pensando que al hacerlo te ibas a sentir mejor?, o ¿alguna vez ignoraste a alguien pensando que así le darías una lección y te sentirías mejor? Ese fue el diablo que te prometió cosas que no pensaba cumplir, y que sólo te harían daño.

Jesús estaba preparado para hacer frente a tales tentaciones y falsas promesas. Él sabía muy bien quién era el diablo, y cuánta astucia y poder tenía para apartarlo de la voluntad de su Padre. Por eso ni consideró sus promesas, sino que simplemente aplicó la Palabra de Dios: "Vete, Satanás, porque escrito está: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás’”(v 10).

La Palabra de Dios es el mejor remedio para las promesas falsas y las tentaciones del diablo. En su himno Castillo Fuerte, Lutero escribió: “(el diablo)… condenado es ya por la Palabra santa.” ¡Qué regalo nos ha dado Dios en su Palabra para enfrentar las promesas vacías!

Gracias, Padre, porque tu Palabra nos libera y afirma en Jesús. Amén.

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