Mayo 14, 2010

Romanos 8.28-30 

Dios ha predestinado a cada creyente para ser hecho conforme a la imagen de su Hijo Jesucristo. El proceso comienza en la salvación, y sigue hasta que nos unamos a Él en el cielo. El apóstol Pablo es un buen ejemplo del poder del Señor para transformar a un perverso en un portador de la imagen del Señor Jesús.

Dios convirtió a un pecador en un santo. Pablo era muy religioso antes de su conversión, pero confiaba en las buenas obras y en una naturaleza piadosa para lograr la aceptación divina. Cuando se encontró con el Señor en el camino a Damasco, el futuro apóstol aprendió que su celo religioso no significaba nada. La única manera de que una persona sea aceptable ante Dios, es recibir la gracia salvadora de Cristo; Él reemplaza nuestra naturaleza pecaminosa con una disposición santa.

Y aunque los santos fallarán y cometerán errores, nuestro Padre celestial sigue siendo paciente y amoroso con sus hijos. Él usa nuestros fracasos para enseñarnos más acerca de sí mismo y de sus caminos.

Dios transformó a un siervo del pecado en un siervo del Señor (Ro 6.16). Pablo fue bienvenido en el reino, a pesar de su hostilidad hacia la iglesia. Había promovido la blasfemia, castigado a los creyentes, y dado su voto en contra de quienes eran llevados a la muerte (Hch 26.10, 11). La lección aquí es que nadie puede pecar más allá de la capacidad del Señor para perdonar.

El Padre celestial moldea a sus hijos hasta hacerlos un reflejo de su Hijo. Convirtió a uno de los enemigos de la iglesia primitiva en un líder obediente. Decídase usted a obedecer al Señor, y vea lo que Él hará en su vida. Él es fiel para perfeccionar la buena obra que comenzó en usted (Fil 1.6). El Padre celestial moldea a sus hijos hasta hacerlos un reflejo de su Hijo. Convirtió a uno de los enemigos de la iglesia primitiva en un líder obediente.

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