Mayo 17, 2010

2 Corintios 1.8-11 

Es fácil creer que los problemas en los tiempos bíblicos eran diferentes a los que enfrentamos hoy. Por eso, uno podría preguntarse qué puede enseñarnos un misionero del primero siglo en cuanto al triunfo sobre la adversidad.

Aunque el entorno de Pablo era muy diferente al nuestro, algunas cosas siguen siendo las mismas, como la tentación, las dificultades, la persecución y el pecado. Satanás tampoco cambia. Por tanto, cuando el apóstol escribió que estuvo abrumado más allá de sus fuerzas, sus palabras estaban respaldadas por la experiencia.

Pablo dice: "Perdimos la esperanza de conservar la vida", pero confiaba en un Dios que resucita a los muertos. Es decir, creyó que el Señor le sostendría durante las luchas. Él había aprendido a confiar en el Señor en la aflicción; como a nosotros le sobrevenían situaciones increíbles, muy difíciles, pero el Señor le daba la victoria. Entendemos el poder de Dios cuando lleguemos al límite de nuestras fuerzas y sentimos su presencia sobrenatural.

El poder divino es más que suficiente para superar las dificultades del mundo, las tentaciones de Satanás y las consecuencias del pecado. Eso no significa que los creyentes están exentos de tristezas y sufrimientos, sino que tenemos la promesa de que Dios suplirá nuestras necesidades en cada prueba y congoja (Fil 4.19). Nuestra fe se fortalece cuando confiamos en Él.

La fortaleza del Señor está al alcance de los creyentes que confiesan su debilidad e insuficiencia. A veces, a un alma atormentada sólo le quedan energías para decir: "Padre celestial, no puedo hacer nada. Si tú no lo haces, simplemente no será posible". Abracémonos al Señor, y tengamos confianza en que Él cumplirá su promesa. A veces, a un alma atormentada sólo le quedan energías para decir: "Padre celestial, no puedo hacer nada. Si tú no lo haces, simplemente no será posible".

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