Mayo 21, 2010

Salmo 94.19-22 

Las experiencias afectan la manera como las personas piensan de sí mismas, y lo que eligen creer. A veces, las experiencias negativas crean un patrón de pensamiento perjudicial que se repite constantemente en la mente de una persona, generando ansiedad en el corazón. Detenerla definitivamente requiere fe en el Señor.

Como ejemplo, supongamos que los esfuerzos de una niña por hacer bien las cosas fueron a menudo rechazados por sus padres. Ella les escuchaba decir: "No lo hiciste bien", o "Tu hermana lo hacía mucho mejor a tu edad". La niña rara vez recibía elogios por un trabajo bien hecho. Ahora, siendo adulta, se niega a solicitar un ascenso en su empleo, a pesar de que su jefe la anima a que lo haga. ¿Por qué razón? Porque teme que la consideren incompetente. Es posible que no diga que lo hace por temor, pero eso la frena, sin duda.

Hay varias otras raíces potenciales para la ansiedad. Entre las más comunes:

  • La creencia de no poder alcanzar el nivel establecido.
  • Sentimientos de culpa por pecados del pasado.
  • Creer erróneamente que Dios es vengativo y no nos ha perdonado.
  • Actitudes inculcadas en la infancia.
Aunque una o más de éstas le suenen familiares, no se desespere. Estas raíces pueden ser eliminadas.

Cuando sienta ansiedad, pregúntese cuál fue la causa del malestar. Saber qué cosas alimentan su temor, puede mostrarle la causa que lo ocasionó. Permita que Dios le ayude a rechazar la actitud mental perjudicial, y sustitúyala por la seguridad de que, quienes escuchan al Señor, viven sin temor al mal (Pr 1.33). Cuando sienta ansiedad, pregúntese cuál fue la causa del malestar. Saber qué cosas alimentan su temor, puede mostrarle la causa que lo ocasionó.

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