Mayo 24, 2010

Hebreos 11.1-31 

El apóstol Santiago nos desafía a entender la relación que hay entre la fe y la obediencia. En Stg 2.17, dice que la fe sin obras es muerta. En otras palabras, no podemos tener una fe firme sin obedecer.

Desarrollar una fe firme toma tiempo. Nacemos espiritualmente por medio de una fe sencilla, como la de un niño, que recibe a Cristo como Salvador. La fe se nutre por medio de un conocimiento cada vez mayor de Dios, y de una confianza más profunda en Él. Experimentar su protección, provisión y poder en los momentos de prueba, fortalece nuestras convicciones. Cada vez que la fidelidad de Daniel era probada, elegía depender de Dios. A veces, lo ponían en circunstancias difíciles, como si debía comer carne sacrificada a los ídolos. Otras veces, se metía voluntariamente en una situación difícil para ayudar a otros (Dn 2.24). Pero en cada caso seguía la dirección de Dios.

Hebreos 11 muestra que la obediencia es fundamental para una fe firme. Noé, cuando fue advertido de cosas que no se veían, obedeció a Dios y construyó el arca. Por orden del Señor, Abraham salió de su patria para ir a un lugar que todavía no conocía. El apóstol Pablo planeaba arrestar a cristianos cuando se encontró con el Salvador. Su vida experimentó un giro total; a pesar de amenazas, palizas y naufragios, obedeció al Señor y predicó el evangelio.

Conocer y confiar en Dios por medio de su Hijo, experimentar su presencia y vivir en obediencia, son los elementos necesarios para desarrollar una fe firme. El mismo Jesús dijo que nuestra obra es creer en Él (Jn 6.29). Con la ayuda del Espíritu Santo y de nuestra cooperación, cada uno de nosotros puede tener una fe como la de Daniel. Conocer y confiar en Dios por medio de su Hijo, experimentar su presencia y vivir en obediencia, son los elementos necesarios para desarrollar una fe firme.

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