Diciembre 26

HEBREOS 5.7-8

Se ha preguntado usted alguna vez por qué tuvo Jesús que sufrir tanto cuando vino a la tierra como hombre?

Uno podría esperar que el Hijo del Dios vivo tuviera una vida cómoda y una muerte tranquila. Después de todo, ¿no habría pagado su sangre nuestros pecados, aunque hubiera sido derramada sin dolor y sufrimiento?

Pero Cristo se hizo hombre y vino a la tierra no solo para morir por nuestros pecados, sino también para identificarse con nosotros —con excepción del pecado— en cada área de nuestras vidas. Y eso incluye el sufrimiento (He 2.17, 18). ¿Cómo podía un Salvador que nunca había padecido dolor ayudarnos en nuestro sufrimiento? Además, cuando para nosotros es difícil obedecer al Señor, necesitamos la ayuda de Aquél que aprendió la obediencia por las cosas que sufrió.

Pero, a diferencia de nosotros, el Señor Jesús no pasó de rebelde a obediente. Más bien, experimentó de manera personal la senda que tenemos nosotros que andar cuando Dios nos llama a hacer algo difícil o doloroso. Cristo luchó en su humanidad con la tarea que tenía ante Él: la muerte en la cruz. A pesar de que el Padre escuchó su clamor, el plan no fue cambiado, y Jesús lo sufrió todo en absoluta sumisión, tal como lo había hecho con cada "tarea" divina a lo largo de su vida terrenal.

La única razón por la que usted y yo tenemos la salvación, es porque Jesús hizo siempre lo que agradaba a su Padre; de haberse Él rebelado en esta área, toda esperanza para la humanidad perdida habría sido revocada. Si su obediencia en el sufrimiento dio como resultado un beneficio tan grande, imagine lo que está reservado para nosotros si hacemos lo que Dios quiere. Imagine lo que está reservado para nosotros si hacemos lo que Dios quiere. 

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