Mayo 3, 2010

Hebreos 10.1-14 

La gracia de Dios es ilimitada. Su misericordia puede llegar a lo más oscuro de nuestros corazones. Cristo no sólo borró nuestros pecados pasados, presentes y futuros; también pagó por los pecados de cada generación.

Cuando los antiguos israelitas traían un macho cabrío o un cordero al templo para sacrificarlo, ponían las manos sobre la cabeza del animal, y confesaban sus pecados. El sacerdote mataba luego al animal y rociaba parte de su sangre sobre el altar de la expiación. El rito simbolizaba el pago del pecado. Pero el cordero no podía, en realidad, tomar el pecado y morir en lugar del israelita (He 10.4).

Si la sangre de un animal hubiera podido, en verdad, borrar la deuda del pecado, todavía estaríamos ofreciendo esos sacrificios, y la muerte de Cristo habría sido innecesaria. Pero debemos recordar que, aunque el acto en sí no tenía ningún poder para salvar, el rito del sacrificio fue idea de Dios (Lv 4). Instituyó esa ofrenda como ilustración de la gravedad del pecado y su castigo. La práctica apuntaba también a la muerte expiatoria de Cristo a favor nuestro, y a la salvación que Él ofrece. Para usar una metáfora moderna, se puede pensar en el sacrificio como una tarjeta de crédito. Dios aceptó la sangre del cordero como un pago temporal, pero cuando llegó el momento de cancelar la cuenta, Cristo la pagó en su totalidad.

Los creyentes de hoy practican también ciertos ritos bíblicos. Pero no somos perdonados por orar, leer la Biblia o incluso confesar las faltas. Como los israelitas, también debemos mirar a un cordero: al Cordero de Dios. Cuando aceptamos el sacrificio del Señor Jesús por nuestros pecados, somos perdonados para siempre. Los creyentes de hoy practican también ciertos ritos bíblicos. Pero no somos perdonados por orar, leer la Biblia o incluso confesar las faltas.

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