A comerse el orgullo
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1 Corintios 4:7

Había una vez un león que se despertó y comenzó a pavonearse a través de la selva. Decidió asegurarse que todos los animales supieran quién era rey. Pasó por alto a los animales más chicos. Se le acercó al oso y con un rugir le preguntó: "¿Quién es el rey de la selva?" "Tú, señor León, tú eres el rey de la selva". Llegó con la jirafa y con un rugir le preguntó: "¿Quién es el rey de la selva?" "Todo mundo sabe que tú señor León eres el rey de la selva". Llegó con el elefante, y con un rugir le preguntó: "¿Quién es el rey de la selva?" El elefante lo enroscó con su trompa, le dio seis vueltas en el aire, lo azotó cuatro veces contra un árbol, lo azotó siete veces contra el suelo, lo hundió en el lago por tres minutos y lo aventó a la orilla... El león todo moribundo y moreteado, como pudo se puso de pie y con los ojos llenos de sangre le dij "Mira elefante, solamente porque no sabes la respuesta no tienes porque enojarte".

El orgullo es la adoración del YO;  Lo que yo soy, lo que yo tengo, lo que yo hago. Es creer que uno es autosuficiente. El problema con el orgullo es que es un cáncer espiritual que se come el contentamiento y se roba la alegría.

Cuando estamos lleno de orgullo aniquilamos la alegría, ya que la alegría y el orgullo no son compatibles. Como puede ver, el orgullo siempre hace comparaciones superficiales y es por eso que es destructivo.

El orgullo está en el núcleo de cada pelea, de cada discusión, de cada desacuerdo, y de cada división.

El orgullo destruye su capacidad para amar.

El orgullo propicia ideas de exclusividad en vez de aceptar a los demás.

El orgullo lo lleva a criticar en vez de servir.

El orgullo le roba la alegría y la felicidad.

El orgullo envenena nuestra perspectiva.

El orgullo ciega nuestra objetividad.

Cuando somos orgullosos no podemos pensar bien. No podemos evaluar objetivamente lo que nos rodea. El orgullo no nos deja ver las cosas claramente para tomar buenas decisiones.

El poeta Italiano, Antonio Porchia dij "Si no alzas la vista creerás que eres el punto más alto". La realidad de las cosas es que el orgullo tiende a tocarnos a todos: Al  rico, al humilde, al culto, al fuerte, al vigoroso, al atractivo, al exitoso, al poderoso, al afamado, y al religioso. Todos podemos llegar a creer que somos autosuficientes.

Es por eso que es imprescindible comernos el orgullo y recordar que al terminar el juego, el rey y el peón, vuelven a la misma caja.

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