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Susurros Nocturnos - 25 de Octubre, 2016

  • 2016 Oct 25
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Oct 25 Non Nobis y Te Deum

ALABA

Salmos 115:1 

No a nosotros, oh DIOS, no a nosotros, sino a Tu nombre, da gloria.

Non Nobis y Te Deum 

Fue en un día como hoy de 1415, cuando Harry, el joven Rey de Inglaterra, fue forzado a entablar combate contra un ejército francés, masivo y abrumador. La Guerra de los 100 Años ahora acontecía en los campos de Agincourt, en la Francia septentrional. Sólo ocho semanas antes, 11,000 soldados ingleses habían sitiado la comuna de Harfleur en Normandía. La enfermedad y las víctimas de la batalla habían reducido la fuerza inglesa a no más de 5,000 hombres. Los arqueros, caballeros y hombres de armas, ahora exhaustos, enfrentaron a una poderosa y descansada fuerza francesa de 20,000 hombres.

El restringido campo de batalla que minimizaba cualquier maniobra montada de los franceses; sus pesados caballos y armaduras que trastabillaban en el lodo que se formaba por doquier; una confianza excesiva de los franceses; los arcos largos de los ingleses, los cuales eran su arma secreta; la violencia de los ingleses, etc. y demás, todo esto se ha vuelto fuente de interrogación sobre por qué, ese día, 6,000 franceses cayeron muertos frente a 400 ingleses en medio de una de las más grandes y reconocidas victorias militares. Luego de otras conquistas, 5 años más tarde, Enrique V sería reconocido como heredero del trono y regente de Francia. En la cúspide de su poder, Enrique moriría cerca de París, de tifoidea. El resto, como dicen, es historia.

Al escribir sobre esta gran victoria, Shakespeare presenta al sanguinario rey de Inglaterra maravillándose ante la abrumadora victoria y respondiendo al Capitán Fluellen, insistiendo en que el número de muertos franceses sólo podía ser informado si se reconocía que “Dios peleó por nosotros”. Para enfatizar estos pensamientos el Rey ordena que se canten dos cantos muy conocidos: “Non Nobis Domine” y “Te deum laudamus”, “No es para nosotros la gloria” y “A Tí, Dios, alabamos”.

Los ingleses, obviamente, esperaban la derrota en un encuentro tan dispar. Por lo tanto, una victoria tan abrumadora les dejó sólo una conclusión: Dios peleó por ellos. Reconociendo que la mística guerrera francesa, Juana de Arco, también llegaría a la misma conclusión respecto de posteriores victorias francesas sobre los ingleses, sería una tontería el atribuir del lado de quién estaba Dios. ¡Si acaso estuvo de alguno! Hoy mi punto no es ese, sino éste: debemos dar honor y alabanza y gloria, donde honor, alabanza y gloria se deban dar. Debemos ser lo suficientemente sobrios para aceptar la alabanza que es legítimamente nuestra ¡y lo suficientemente cuidadosos para evitar que nos hinche tanto que nos haga explotar! Más aún, debemos ser cuidadosos y rápidos en reconocer la mano misericordiosa de Dios interviniendo en nuestras vidas. Tengamos cuidado de no tomar aquello que no nos pertenece. Por ejemplo, ¿han notado cómo la belleza, la majestuosidad, los truenos y los relámpagos todos manifiestan a través de nuestros labios un asombro totalmente natural? Porque cada gloria matinal y cada estrella en la puesta de sol son Suyas, y todo antes, durante y después de ello, todo lo digno de alabanza, debe ser reconocido y agradecido.

Mientras nosotros habitamos tiempo y espacio tenemos la oportunidad de dar gloria, esto es, de reconocer y dar honor a nuestro Jesús. Debemos reconocer Su inmenso, creativo y sustentador poder. Nosotros, los cristianos, debemos hablar más sobre esto, ya que de momento, la tierra está cada vez más silenciosa sobre ello. Este silencio creciente de parte de este mundo mal agradecido, es un signo de una muerte que se esparce.

Por lo tanto amigos, en medio de un cementerio que crece, ¡permitan que nuestros labios proclamen vida! Construyamos algunas tarimas de música a lo largo de las tumbas y entonemos cantos alegres para danzar. ¡Tales alabanzas no sólo avergonzarán a los quejumbrosos, sino que, quizá, hasta levanten a los muertos! Tales alabanzas nos darán una perspectiva verdadera. Tales alabanzas nos traerán revelación. Tales alabanzas darán testimonio de la verdad. Tales alabanzas alimentarán nuestras almas. Tales alabanzas harán temblar los cielos. ¡Tales alabanzas sacudirán y darán forma a la tierra una vez más!

Amigos, ¡hoy es el tiempo para reconocer y alabar al Dios Viviente!

Reflexiona: “Los muertos no alaban al SEÑOR, ninguno de los que bajan al silencio. Somos nosotros los que alabamos al SEÑOR desde ahora y para siempre. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el SEÑOR!” Salmos 115:17-18 

Ora: Digno, Digno es el Señor, Digno de alabanza, de gloria y adoración. Digno, Digno es el Señor, Digno de alabanza, de gloria y adoración. ¡Canto aleluya! al Cordero de Dios, te alabo y te adoro, Tu gloria yo proclamo; ¡Aleluya, glorifico al Rey! El es más que vencedor y Señor de todo mi ser!

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