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Alimento Diario - 12 de Agosto

  • 2011 Aug 12
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Aún siendo pecador

No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y nunca peque. Eclesiastés 7:20

Aun cuando la señora había obedecido las reglas de tránsito, la policía la detuvo y decomisó su auto.

Resulta que esa señora tenía la licencia de conducir suspendida, iba manejando por encima del límite permitido de velocidad y, cuando un policía trató de pararla, la señora decidió seguir hasta su casa en lugar de detenerse. Mientras manejaba esa distancia—hasta su casa—lo hizo como una conductora modelo.

Aún así, la policía utilizó una cinta de metal con clavos para pincharle las llantas… y una pistola eléctrica cuando se resistió al arresto. En definitiva, todo esto fue un ejemplo muy peculiar de una transgresora de ley que trató de no serlo.

Lo cual me lleva a pensar que esa señora es como la mayoría de la humanidad. Todos somos, desde el comienzo de nuestras vidas, pecadores que tratamos de vivir una vida buena… de comportarnos bien… e incluso de cumplir con las leyes de Dios.

Y es cierto que podemos tratar, pero fallamos, porque seguimos siendo pecadores;  pecadores culpables y merecedores de castigo.

Nuestro único escape del castigo lo tenemos gracias al Salvador que, voluntariamente, ha tomado nuestro delante de la ley.

Desafortunadamente, la mujer de nuestra historia no tenía a alguien que voluntariamente tomara su lugar por su transgresión ni asumiera su castigo, sino que  estaba sola.

Pero nosotros no lo estamos: el Salvador resucitado está a nuestro lado. Jesucristo cargó  la culpa de nuestros pecados a la cruz, y allí murió por nosotros. Gracias a su muerte y resurrección, nosotros tenemos perdón, vida, y la esperanza de una eternidad en el cielo junto a Dios.

Gracias a Jesús somos salvos… y, como dijo el ángel en Navidad: “traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo”.

ORACIÓN:  Señor Jesús, doy gracias que por tu sacrificio soy libre de la condenación de la ley. Ayúdame a reconocer y confesar a diario mis pecados para que, perdonado y restaurado, pueda vivir mis días alabándote. En tu nombre. Amén.

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