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Alimento Diario - 26 de Marzo

  • 2014 Mar 26
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El templo transitorio

“¿Ven todo esto? De cierto les digo que no quedará aquí piedra sobre piedra. Todo será derribado.” Mateo 24:2 (1-14)

Martes de Semana Santa

¡Y eran piedras enormes! ¡El orgullo de cualquier habitante de Jerusalén! No era la primera vez que Jesús y sus discípulos habían ido al templo. Sin embargo, los discípulos todavía se admiraban al ver esas enormes piedras de miles de kilos cortadas a la perfección para formar las paredes de su centro de adoración. El templo era lo que hacía de Jerusalén, Jerusalén. Muchas personas trabajaban en él. Era el lugar de adoración, de encuentro, de reunión, de trabajo, y de negocios.

Pero Jesús no se dejó impresionar. Si bien amó esa casa, al punto de purificarla de los que la habían hecho una “cueva de ladrones”, sabía que era un templo transitorio y que, en muy pocos años, habría de ser destruido en forma violenta por los romanos. Su profecía se cumplió al pie de la letra. Las piedras que se ven hoy en Jerusalén son sólo las de las paredes de contención que formaban el terraplén donde se asentaba el templo.

Luego de su destrucción, el templo de Jerusalén nunca más fue reconstruido. Ahora hay un templo nuevo que, en su momento, fue derribado por la cruz y la muerte, y luego erigido nuevamente al tercer día de la sepultura de Jesús. A nosotros nos tocó la bendición de tener un nuevo templo, donde Dios habita. Ese templo es Jesucristo. ¡Él jamás será derribado o destruido! Jesús es nuestro templo portable: está en la Palabra de Dios, en el Bautismo, y en la Santa Cena, y a él tenemos acceso en todo momento, ¡pues jamás está cerrado!

¿Te has puesto a mirar y a admirar ese templo? Vale la pena. Dios no es un Dios de piedras y paredes, sino de cuerpos vivientes. Dios no nos provee un templo que puede ser destruido, sino uno en el cual encontramos amparo, perdón, consuelo, contención, y esperanza.

Gracias, Padre, por proveernos, en Jesús, el templo más firme y maravilloso del mundo. Amén.

Rev. Dr. Héctor Hoppe

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