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Susurros Nocturnos - 3 de Agosto, 2016

  • 2016 Aug 03
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Aug 3 Tronos, estrados para los pies y ciudades

LUGAR

Mateo 5:34-36 

Pero yo les digo: No juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro.

Tronos, estrados para los pies y ciudades

Algunas veces, aquellos de nosotros que odiamos la expansión urbana descontrolada y hemos tenido que enfrentar a diario el extenuante viajar en ciudades repletas de personas que recorren largas distancias para trabajar, donde los precios son altos y las calles calurosas, llenas de esclavos con portafolios y ojos vidriosos, aquellos de nosotros que experimentamos eso, a veces nos desalentamos con el libro de Apocalipsis. O sea, deseamos regresar al jardín. Sin embargo, el problema es que la Biblia puede comenzar con el jardín pero finaliza con una ciudad. La ciudad de Dios. ¡Sí, la ciudad del Gran Rey! El Apocalipsis es sobre la ciudad de Dios, ¿comprenden?

Según lo entiendo, las Escrituras se refieren a la ciudad de Dios en cuatro contextos:

En primer lugar, Jerusalén en la tierra de Israel es por supuesto la ciudad del Gran Rey. ¿Por qué otro motivo iba a haber tanta guerra en torno a esa aparentemente insignificante, arenosa y pedregosa propiedad?

En segundo lugar, la Nueva Jerusalén que descenderá al final de los tiempos, y a esta, nuestra nueva y eterna base de operaciones, hogar, comunidad y centro, por supuesto que también se le denomina la ciudad del Gran Rey.

En tercer lugar, la iglesia, con sus reuniones colectivas, tanto a nivel local como universal, también es la ciudad del Gran Rey; una ciudad como la Jerusalén de antaño, una ciudad ubicada en una colina que no puede ser ocultada.

Por último y lo más importante, nuestros corazones también se han convertido en la morada del Altísimo Dios. Como individuos, también somos ciudades ubicadas en una colina.

No se equivoquen en esto, en cualquiera de estos cuatro contextos la ciudad de Dios es llamada de este modo, por el solo hecho ¡de que Dios habita allí!

En Inglaterra, cada vez que el monarca está presente y residiendo en un lugar, el Estandarte Real ondea en lo alto. Es la responsabilidad del portaestandartes, no del monarca, estar atento a su aproximación para levantar en lo alto el Estandarte cuando el monarca cruce la entrada. ¿Si entienden esto? No es la responsabilidad del monarca levantar el estandarte, ¡sino de sus servidores! 

Un antiguo coro Cristiano que cantaban usualmente los niños, hablaba de “una bandera ondeando en lo alto del castillo de mi corazón, pues el Rey habita allí” Nosotros, los niños mayores, lamentablemente hemos olvidado esto. El castillo, la fortaleza, nuestra torre central, a menudo no tiene nuestra señalización externa de que el Rey está en verdad y en persona residiendo allí. En el mejor de los casos tomamos esta gran verdad simplemente como un argumento posicional o un hecho teológico que solo reconocemos mentalmente, salvo excepciones ocasionales, cuando nos encontramos en jardines, tranquilos y alejados del bullicio de la vida, y nos da la impresión de que alcanzamos a ver Sus vestiduras reales agitarse en el aire recorriendo nuestros fríos corredores internos, buscándonos, disgustado por nuestra ausencia. ¡Es entonces cuando quisiéramos haber enarbolado Su estandarte real!

En la calidez y la tranquilidad, en la belleza y en el dulce gorjeo de las palomas, en la quietud del estanque del centro de nuestro propio jardín interior, cuando llegamos allí, mientras vemos allí, nos damos cuenta de que Él está parado justo detrás nuestro, casi rozando nuestro codo, nuestra mano u hombro, siempre allí, sin nunca marcharse o abandonarnos, esperando, haciendo preguntas, suspirando y quizás moviendo un poco la cabeza en desaprobación. Cuando sentimos Su presencia, cuando nos damos cuenta de Su presencia, cuando vemos Su amor, cuando sentimos Su roce, es entonces que comprendemos que el Rey está habitando aquí, ¡y en verdad siempre lo ha estado! Para aquellos de nosotros que hemos dejado de levantar y mantener Su estandarte, la comprensión de Su santa presencia puede llenarnos de una verguenza tal, de un remordimiento tan frustrante, que es entonces con pena en lugar de alegría que comenzamos poco a poco a volver la cara hacia Él. 

Amigos, puede que no haya muchos jardines en la ciudad, pero en Su jardín hay billones y trillones de ciudades, una vasta e innumerable cantidad, y Jesús está en las ciudades amigos. Jesús está en el centro. Su estandarte Real debe ondear alto de ahora en adelante, en el ajetreo y bullicio de la vida que circunda las puertas de nuestros corazones. Su estandarte Real debe ahora ondear por encima de todo el comercio, de los comerciantes y los traidores; sobre cada asedio, sobre cada flecha lanzada contra nosotros desde las máquinas de guerra que nos apuntan; sobre cada palabra de los falsos profetas catastrofistas y sobre los enormes arietes de nuestra propia emoción desesperada. La bandera de Jesús debe permanecer en lo alto, ondeando y flameando en el viento de Su poderoso Espíritu que flota alto sobre nuestras murallas. ¡Oh, aleluya! El Rey vive aquí, aquí mismo en el centro de nuestra ciudad, en el centro de tu ciudad.

Sí, Su trono está actualmente en el cielo a la mano derecha de la Majestad en lo Alto y la tierra se convierte en el estrado de Sus pies, mientras el Padre, mediante sangrientas guerras y terribles conflictos, reclama aquello que Su propio Hijo, nuestro Salvador Jesús, ha comprado con Su propia sangre; pero nunca olviden esto y recuérdenlo precisamente hoy, ustedes también son Su ciudad redimida, en la cual Él ha venido a morar. Miren hacia Él hoy y entonces enarbolen bien alto Su Estandarte Real.

Reflexiona: “Caminen alrededor de Sión, caminen en torno suyo y cuenten sus torres. Observen bien sus murallas y examinen sus fortificaciones, para que se lo cuenten a las generaciones futuras. ¡Este Dios es nuestro Dios eterno! ¡Él nos guiará para siempre!” Salmos 48:12-14

Ora: Hay una bandera ondeando en lo alto del castillo de mi corazón, en el castillo de mi corazón, en el castillo de mi corazón. Hay una bandera ondeando en lo alto del castillo de mi corazón, ¡pues el Rey habita aquí! Que ondee en mi cielo y que todo el mundo sepa, ¡que el Rey habita aquí!

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