Lea Mark 8

En la lectura de hoy:

La alimentación de los cuatro mil; la levadura es explicada; la sanidad del hombre ciego; la confesión de fe de Pedro; la muerte y la resurrección de Jesús es predicha; la transfiguración; los discípulos no pueden sanar a un niño; la disputa sobre quién sería el más grande; las tormentas horribles del infierno eterno

Jesús y Sus discípulos habían estado en la famosa ciudad de los idólatras de «Cesarea de Filipo» (Mark 8:27-9:1). Fue aquí donde Jesús «en el camino preguntó a Sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy Yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. Entonces Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo» (8:27-29).

Un breve tiempo después, Jesús invitó al pueblo a seguirle, pero con algunos requisitos, diciéndoles: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovechará (beneficiará) al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de Mí y de Mis Palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de Su Padre con los santos ángeles» (8:34-38).

Fue en esta misma región que, seis días después, Jesús y tres de Sus discípulos fueron « . . . aparte solos a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos. . . . Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús» (9:2-4). Moisés y Elías estaban ahora en la presencia de su Mesías. Durante este grandioso evento, los dos profetas del Antiguo Testamento hablaron con Jesús sobre «Su partida (muerte), que iba Jesús a cumplir en Jerusalén» (Lucas 9:31). Moisés, que representaba la Ley de Dios, y Elías, que representaba a los profetas de Dios, se aparecieron para honrar a Jesús antes de Su sufrimiento, Su muerte en la cruz, y Su resurrección física.

Pedro cometió el error de sugerir que ellos hicieren «tres enramadas, una para Ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados» (Marcos 9:5-6). Sin embargo, desde que Jesucristo es el Unigénito Hijo de Dios, Él solo es digno de toda nuestra adoración y obediencia (Apocalipsis 4:9-11). Nada, ni nadie, puede reemplazar ni ser igual a la comunión personal con Jesús como nuestro Señor.

Después de la sugerencia de Pedro de hacer «tres enramadas», entonces: « . . . vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es Mi Hijo Amado; a Él oíd» (Marcos 9:7).

Pensamiento para hoy:

La adoración, el amor, y la lealtad que le pertenece sólo a Cristo no se puede compartir con otro.

Versículo de la semana para aprender de memoria: Mateo 7:3