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El Camino Bíblico - 10 de Marzo

  • 2014 Mar 10
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Deuteronomy 28:1-46

En la lectura de hoy:

Las bendiciones por la obediencia; las consecuencias por la desobediencia

Moisés les dio a los israelitas un relato de las bendiciones que el pueblo iba a recibir: «Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos Sus mandamientos que yo te prescribo hoy . . . Te abrirá Jehová Su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en Su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos» (Deuteronomio 28:1,12). Los israelitas podían escoger entre vivir tal y como Su Palabra les dirigía y gozarse de las bendiciones del Señor o rechazar Su Palabra, así como sus padres habían hecho, y habían sufrido las consecuencias. Moisés además les advierte: «Jehová traerá sobre ti mortandad, hasta que te consuma de la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Jehová te herirá . . . y te perseguirán hasta que perezcas. . . . (Y) no serás sino oprimido y robado todos los días, y no habrá quien te salve» (28:21-22,29).

Hay casi cuatro veces más versículos en la Biblia que nos amonestan sobre las maldiciones por la desobediencia, que sobre las bendiciones por hacer el bien. La conclusión es bien evidente en la Palabra de Dios, pues cada pecado tiene su consecuencia — y definitivamente así es. Sin embargo, este hecho se puede usar impropiamente, tal y como en el caso de los discípulos de Jesús cuando le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:2-3). Lo que parecía una maldición, llegó a ser una bendición, pues trajo a este hombre a su Salvador.

Esto nos muestra que no todas las desgracias son el resultado del pecado, y que no todas las riquezas y la buena salud son necesariamente las bendiciones de Dios. Consideremos el ejemplo del joven rico quien escogió quedarse con todas sus riquezas, pero perdió la oportunidad de negarse a sí mismo y llegar a ser un discípulo (seguidor) de Jesús.

La victoria sobre nuestros «gigantes cananeos» de hoy en día — « . . . los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (I de Juan 2:16) — se obtiene, no por nuestras habilidades, pero por nuestro compromiso en cumplir la voluntad de Dios. El poder de la victoria se encuentra cuando cooperamos con el Espíritu de Cristo, quien mora en nosotros. Así como el apóstol Pablo nos reveló: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).

Pensamiento para hoy:

Dios conoce cada pensamiento del corazón.

Lectura opcional: Juan 1

Versículo de la semana para aprender de memoria: Filipenses 2:13

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