2 Chronicles 1:1-31

En la lectura de hoy:

Los sacrificios de Salomón y sus sueños; la acumulación de carros militares y gente de a caballo; Salomón edifica el templo

El rey Salomón empezó su reino en sumisión a « . . . Jehová su Dios» (II de Crónicas 1:1). «Y fue Salomón, y con él toda esta asamblea . . . allí estaba el tabernáculo de reunión de Dios, que Moisés siervo de Jehová había hecho en el desierto. . . . Subió, pues, Salomón . . . al altar de bronce que estaba en el tabernáculo de reunión, y ofreció sobre él mil holocaustos. Y aquella noche apareció Dios a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras que Yo te dé» (1:3-7). En I de Reyes tenemos un detalle más completo de este evento. «Y se le apareció Jehová a Salomón en Gabaón una noche en sueños, y le dijo Dios: Pide lo que quieras que Yo te dé. . . . Cuando Salomón despertó, vio que era sueño . . . » (I de Reyes 3:5,15). En este sueño, « . . . Salomón dijo a Dios . . . Dame ahora sabiduría y ciencia, para presentarme delante de este pueblo; porque ¿quién podrá gobernar a este Tu pueblo tan grande?» (II de Crónicas 1:8-12). Por medio de este sueño el Señor le estaba revelando a Salomón que su más grande necesidad era obedecer la Palabra de Dios.

Siguiendo los sacrificios en Gabaón, Salomón empezó a acumular gran cantidad de « . . . carros y gente de a caballo» (1:14; 9:25; I de Reyes 4:26). Sin embargo, Dios había dado mandato que el rey « . . . no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino» (Deuteronomio 17:16). Pero Salomón, aun así, se casó con la hija del Faraón (I de Reyes 11:1). Otra vez él profanó el nombre de Dios, quien había dicho: « . . . Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia» (Deuteronomio 17:17). Salomón ignoró estos tres mandamientos. Pero su más seria negligencia fue su indiferencia en cumplir el cuarto mandamiento dado a los reyes de Israel: «Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta Ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las Palabras de esta Ley y estos estatutos, para ponerlos por obra» (17:18-19).

En sí, no hay mucha diferencia si nos hacemos famosos o no, o poderosos, o ricos. Pero, lo más importante para cada uno de nosotros es el reconocer que Dios como nuestro Creador tiene el derecho para reclamar nuestra sabiduría y nuestra habilidad, y nuestro uso de ellas. «Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por Su divino poder, mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia» (II de Pedro 1:3).

Pensamiento para hoy:

En Dios está la verdadera Fuente de la sabiduría.

Lectura opcional:

I de Corintios 8

Versículo de la semana para aprender de memoria: Hebreos 6:1