Enero 8

LUCAS 15.11-24

La humanidad tiende a proyectar sus fallas en Dios. Esto es particularmente cierto en cuanto a la naturaleza de su amor. Creemos que debemos hacer trueques, implorar o poner empeño para ganarnos el favor del Señor. Pero, así como lo aprendió el hijo pródigo, el amor del Padre es incondicional.

El desobediente hijo pensaba que el amor de su padre había disminuido. Por tanto, volvió al hogar esperando encontrar un lugar entre los sirvientes de la familia. Imagine la alegría del muchacho cuando su Padre lo recibió con un abrazo y una fiesta. Sin duda, sus acciones no merecían una efusión de amor, pero la parábola de Jesús trata de un Padre que no da a las personas lo que ellas merecen.

Un amor basado en la conducta mantendría a las personas preguntándose: ¿He hecho lo suficiente? En vez de eso, Dios se interesa por usted por ser su hijo, y Él no espera nada a cambio. Piense en lo que fue la vida del hijo pródigo después de la fiesta por su regreso al hogar. No se alojó con los criados ni se puso a trabajar con ellos. Fue reintegrado a su lugar como el segundo hijo de un hombre rico, con todos los privilegios que eso conllevaba. Asimismo, los creyentes son los hijos preciosos del Señor (2 Co 6.18). Cuando Dios mira a sus amados no se concentra en sus errores, faltas o pecados. Ve a los herederos de su reino: a hombres y mujeres que lo aman y desean pasar la eternidad en su presencia.

No importa cuán lejos nos hayamos alejado del Señor, somos siempre bienvenidos si lo buscamos. La Biblia enseña que el amor de Dios no puede perderse, a pesar de nuestro pecado o de nuestras malas decisiones. Los brazos de nuestro Padre están siempre abiertos. Los brazos de nuestro Padre están siempre abiertos.

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