Diciembre 28/29

ROMANOS 11.33-36  

En medio de todos los preparativos, de toda la ornamentación, y de todas las celebraciones de la temporada navideña, tenemos que apartar un tiempo de quietud para reflexionar en los regalos divinos que cambiaron para siempre el curso del destino humano. Cuando ese pequeño bebé entró en nuestro mundo en Belén, se desató desde el cielo la primera de un raudal interminable de bendiciones.

Cos enfocamos, por lo general, en el regalo del Padre: Él dio a su Hijo para ser el Salvador del mundo (1 Jn 4.14). Pero los tres miembros de la Trinidad tuvieron parte en este despliegue divino de generosidad, que continuará hasta la eternidad. Jesús vino a ofrecer su vida como rescate por muchos, y después de su muerte y resurrección Él y el Padre enviaron al Espíritu Santo para morar dentro de los creyentes para siempre (Mr 10.45; Jn 14.16; 16.7). El Espíritu, a su vez, da dones espirituales a todos los creyentes y produce su maravilloso fruto en sus vidas (1 Co 12.7-11; Gá 5.22, 23).

Pero estos regalos divinos no terminan en la tierra. Seguirán en el cielo cuando el Señor juzgue a los cristianos y les recompense por las buenas obras que jamás habrían podido hacer sin el poder de Él (1 Co 3.13, 14; Jn 15.5). Todo el mérito y la gloria pertenecen a Cristo, y sin embargo, el Señor cubrirá de alabanzas, por pura gracia, a sus seguidores (1 Co 4.5).

Adoramos a un Dios compasivo y generoso. Piense en el derramamiento continuo de bendiciones desde su trono, y pregunte: ¿Cómo responderé hoy? Él no necesita nada de usted, pero quiere ser parte suya —no para controlarle sin piedad, sino para mostrarle las "abundantes riquezas de su gracia en su bondad" (Ef 2.4-7). Él no necesita nada de usted, pero quiere ser parte suya... 

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