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Susurros Nocturnos - 10 de Diciembre, 2015

  • 2015 Dec 10
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Dec 10 Manos que guían

LIMPIO

Salmos 24:3-4

¿Quién puede subir al monte del SEÑOR? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Sólo el de manos limpias.

Manos que guían

De acuerdo con el versículo de hoy una persona que tiene manos limpias puede comenzar a subir al monte del Señor, esto es, ¡puede acercarse a la preciosa y poderosa presencia del glorioso, vivo y amoroso Dios Todopoderoso! ¡Ah, manos limpias! ¿Las tienen así hoy?

Cuando examino mis manos veo pruebas de diferentes cosas, escritos de historia reciente: Las palmas callosas por el trabajo duro, las uñas mordidas por la ansiedad presente, y el dedo deformado asomándose desde el nudillo dañado, todos dicen algo. Las manos cuentan historias, ¿lo sabían? Tómense unos minutos fuera de toda distracción para examinar sus manos. ¿Qué historias cuentan? ¡Ah... manos limpias! ¿Las tienen así hoy?

Las manos diseminan enfermedades, los gérmenes se pegan a ellas, especialmente en las grietas y pliegues de las articulaciones y las puntas de los dedos que todo lo tocan: nuestras orejas, o nuestra nariz, o nuestra ropa, agarraderas y sanitarios, perros y juguetes, ustedes me entienden; después de todo, las puntas de nuestros pequeños y sensitivos dedos han tocado una gran cantidad de cosas desagradables, ¿no es cierto? Las manos se comunican con el mundo y con todo lo que hay en él. Las manos diseminan enfermedades. Coloquen sus manos bajo la luz ultra violeta de su conciencia. ¿Qué enfermedad han esparcido con sus manos? ¡Ah... manos limpias! ¿Las tienen así hoy?

Estoy suponiendo que Jesús nunca se mordió las uñas. Estoy suponiendo que nunca se clavó una astilla en Su taller de carpintero, que nunca se golpeó su dedo pulgar con una martillo, que nunca gritó, ni dijo improperios mientras aspiraba aire a través de Sus dientes apretados y bailaba en un solo pie, sacudiéndose la sangre que se había chorreado hacia el extremo dañado de sus dedos golpeados. Estoy asumiendo que Jesús no tenía quemaduras provocadas por la soga al pescar, ni callosidades o cortaduras, o cicatrices provocadas por la red; ni gránulos de grava bajo la piel por las caídas provocadas por un niño que al correr lo empujó cuando vivía en Galilea. Estoy asumiendo que ningún germen vivió ni por un momento en esos pequeños y poderosos dedos meñiques. Estoy asumiendo que Él jamás tuvo necesidad de sacar la cerilla de Sus orejas o rascarse la nariz, pero nuevamente, queridos amigos, ¿quién sabe? ¿alguien de ustedes sabe? Sin embargo nos gusta pensar en un Jesús desinfectado, ¿no es cierto? Ustedes me entienden, sin problema alguno y muy completamente bien arreglado en los libros de colores de los niños pequeños. ¿Pero, qué será en realidad? Sí, permítanme hacerles esta pregunta. ¿Estaban las manos de Jesús siempre limpias?

Si pudiésemos tomar las manos de Jesús y sostenerlas primero con las palmas hacia arriba, y luego voltearlas con las palmas hacia abajo, ¿qué testimonio darían? Me gustaría hacer eso. Me gustaría examinar las manos de Jesús. Posar mis dedos pulgares alrededor del remolino de carne en el centro de sus palmas y dejarlos descansar en los agujeros de los clavos, donde hace mucho tiempo se abrieron, justo allí en el centro de Sus tendones, rasgados y manchados con sangre, ¡dos violentos vórtices, dos venganzas profundamente devoradoras, engullidoras de todo, succionadoras del pecado acabando con juicios consumidores, y por medio de los cuales todos los pecados desde mi norte hasta mi sur, desde mi este hasta mi oeste, fueron completamente borrados! Todo lo que ahora queda son cicatrices ya curadas, recordatorios para aquéllos que examinan Sus manos, que aunque ahora están curadas y limpias, una vez llevaron en Su centro atravesado por agujeros, toda nuestra suciedad y todos nuestros terribles pecados. ¡Todos! ¡Qué hermoso! ¡Qué maravilloso!

Me parece que necesitamos que Jesús tome nuestras pequeñas manos sucias y las sostenga con firmeza entre Sus manos, mientras nos guía por el monte del Señor. No hay otra forma de ascender al monte del Señor a menos que nuestras manos hayan sido sostenidas y limpiadas en el apretón fuerte de las amorosas palmas del Salvador. ¡Ah... Sus manos limpias! ¿Tienes las tuyas entre las Suyas, hoy?

Reflexiona: “En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio, también Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.” Hebreos 9:24-28  

Ora: Señor, guíame al lugar donde pueda encontrarte, guíame al lugar donde Tú estarás. Guíame a la Cruz, donde nos conocimos por primera vez. Llévame a postrarme y conversemos. Déjame sentir tu aliento. ¡Hazme saber que estás siempre conmigo! Amén.

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