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Susurros Nocturnos - 16 de Marzo, 2014

  • 2016 Mar 16
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Mar | 16 | Carne quemada

 
MISERICORDIA 

2 Corintios 3:3
“Es evidente que ustedes son una carta de Cristo, expedida por nosotros, escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra sino en tablas de carne, en los corazones.”


Carne quemada

La Letra Escarlata es una historia de adulterio y traición que ocurre en la Norteamérica colonial, y fue escrita por Nathaniel Hawthorne y publicada en un día como hoy de 1855. La Letra Escarlata, titulo del libro, es de hecho una aplicación de tela roja bordada con hilos de oro, en forma de letra ‘A’, que la mujer adúltera, Hester, debe llevar sobre sus ropas mientras continúa viviendo en la comunidad puritana. El Pastor local, Reverendo Dimmesdale es, de hecho, su amante secreto quien, en privado y movido por una profunda vergüenza, marca con fuego la misma letra ‘A’ en su propio pecho; de esa forma, se marca a sí mismo para unir, en silencio, su propia culpa a la vergüenza que Hester experimentaba externamente.

En su examen de los temas principales del libro (el pecado, el conocimiento y la condición humana) Sparks presenta a dos adúlteros: Hester (la mujer casada) y Dimmesdale (el Pastor local), como “dos personas forzadas, por sus malas elecciones, a ‘contemplar diariamente su propia pecaminosidad y a tratar de reconciliarla con sus experiencias de vida’”, mientras que por otro lado, la congregación puritana y los ancianos “insisten en ver la experiencia terrenal, simplemente como un obstáculo en su camino al cielo”; y en ver “el pecado como una amenaza para la comunidad, el cual debe ser castigado y suprimido”.

En vista de estas observaciones, el libro nos dice que la respuesta de la comunidad ante el pecado expuesto de Hester fue obligarla al ostracismo. El escritor, no obstante, por medio de la tan devastadora historia de Hester y Dimmesdale, muestra claramente que aun el más horrible estado de pecado puede ser asombrosamente redimido; que lleva al crecimiento personal, a la compasión, y a una comprensión profunda por parte de los otros. Sparks dice: “Paradójicamente, estas cualidades son incompatibles con el estado de pureza que se encuentra en una comunidad Puritana colonial”. ¡Ahora, eso sí da vergüenza!

Verán, en la historia de Hawthorne, finalmente, estos dos pecadores perdonados encuentran la redención y la vida, ¡mientras la sociedad y los protagonistas vengativos, malvados y amargados, encuentran la muerte! Más adelante Sparks nos dice que “El libro es un gran estudio sobre la condición humana y es ‘una lectura que no debe faltar’”. ¡En verdad que sí!

Al haber pasado quizá demasiados años en instituciones teológicas, debo decirles que una de las cosas más aterradoras que he visto es a hombres jóvenes que no han amado lo suficiente, o vivido lo suficiente, cuya preparación para el ministerio es, principalmente intelectual, y que luego son colocados sobre la cuerda tensa del arco de una licenciatura teológica, sólo para ser liberados demasiado pronto, ante un público perdido y herido. ¿No están de acuerdo conmigo en que hay algo extremadamente aterrador sobre un ministro que no tiene heridas ni cicatrices? Ahora amigos, no estoy diciendo que debemos permitir que el pecado abunde sólo para que la gracia y el crecimiento abunden mucho más. No, más bien, estoy reconociendo la verdad que habló nuestro Señor: que los que perdonan más son lo que aman más. El sentido común y la experiencia nos dicen que aquellos con poca experiencia de vida, dada por el haber amado y haber perdido, rara vez pueden apreciar y ministrar a las heridas de otros. He observado que tal juventud puritana, con frecuencia es tirana en la aplicación de la legislación religiosa, y para esos Pastores tan puros, incluso el arrepentimiento del pecado que ven nacer en los pecadores comprados con sangre, ¡aún tiene olor a quemado y es ofensivo! Sin embargo, vemos en las Escrituras que los pecadores de cualquier clase, verdaderamente arrepentidos y misericordiosamente perdonados, no tienen el pecho quemado, sino un frasco de alabastro lleno de un aceite tan fragante que cuando es derramado sobre los pies de su misericordioso Maestro, su olor puede percibirse en los pasillos del cielo por los ángeles asombrados y vigilantes. No hay olor a quemado ni en las vestimentas ni en los cuerpos de los perdonados y lavados con sangre.

Permítanme preguntarles hoy nuevamente, ¿son ustedes traidores conocidos? ¿Se los ha encontrado infieles hacia Jesús, su Señor? ¿Lo han vendido por mucho menos que 30 piezas de plata? Amigos, en nuestra carne, así como el personaje de Dimmesdale y el antiguo pueblo de Israel, puede ser que todos llevemos la letra escarlata de los adúlteros grabada a fuego en lo profundo de nuestro rojo corazón. Sin embargo, aquellos que conocen su pecado y conocen a su Salvador, también saben de Su sanidad y Su sello, y llevan con ellos una fragancia única de perdón, la cual, cuando se rompe sobre los pies del Salvador, no solamente se percibirá en el cielo sino que se hablará de ella en el mundo entero, ¡aún hasta el fin de los días! Siempre que este nardo espinoso sea liberado en una comunidad peregrina, podrá ser amorosamente derramado sobre tus sucios y heridos pies, querido amigo, para reconfortarte con el amor celestial que todo lo perdona.

Reflexiona: “Se acordarán de cómo sufrí por culpa de su corazón adúltero, y de cómo se apartaron de mí y se fueron tras sus ídolos malolientes.” Ezequiel 6:9b 

“...¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama.” Lucas 7:44-47

Ora: Señor, lamento tanto cuando te he vendido hasta por menos de 30 piezas de plata. Lamento tanto mi egoísmo. Señor, por favor, llévame hacia Tu desierto sereno, y consuélame. ¿Podrías devolverme mis viñedos y convertir el valle de mi desgracia en el pasaje de la esperanza? Hazme cantar de nuevo, tal como el día en que nos conocimos, como el día que me tomaste, me redimiste y me lavaste; hazlo como aquella primera vez, por favor querido Señor Jesús. Amén. (De Oseas 2:14-17) 

 

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