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Susurros Nocturnos - 17 de Noviembre, 2016

  • 2016 Nov 17
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Nov 17 Mefiboset, convertido en lisiado

CONTRITO

Salmos 34:18 

El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu contrito. 

Mefiboset, convertido en lisiado

En la película del 2004, Hombre en llamas, Denzel Washington interpreta al personaje principal, un ex-Marine de los Estados Unidos caído y atormentado. La película está basada en la novela de A.J. Quinnell del mismo nombre la cual, a pesar de ser ficción, se supone que es una construcción de varias historias y personalidades verdaderas, especialmente aquella del héroe norteamericano, Creasey.

El éxito tanto del libro como de la película es esa atracción de la humanidad caída hacia la redención, a través de pasar por duras pruebas. De hecho, muchos han especulado que ese es el motivo por el cual Creasey, personaje de Quinnell, se ha vuelto tan popular en Japón, donde la atracción cultural de historias sobre los antiguos Ronin o de Samuráis avergonzados, peleando por recuperar el honor perdido, todavía tiene mucho peso en las raíces culturales japonesas y, consecuentemente, aún mantiene su importancia. Mi punto es este: debido a la obra de la gracia de Dios, a menudo surge en nosotros algo que quiere tanto redimirnos como enmendar lo que hemos hecho. La dificultad y el riesgo que tenemos con la religión es combinar este deseo de restitución con la necesidad de redención personal. La penitencia (la cual implica redención, bien sea temporal o eterna a través de duras pruebas), suena tan honorable, tan maravillosa, tan posible, tan gloriosa, así que, ¿por qué no hacerla? y mejor aún, ¿por qué no enlatarla, empaquetarla y venderla? ¡Hemos olvidado que la otra cara de este envoltorio de redención por medio de penitencias fue una de las cosas que produjo la Reforma! y sin embargo, ¡la penitencia sigue teniendo gran influencia en nuestras vidas!

Por lo tanto déjenme ir al grano y preguntarles: “¿A qué dura experiencia, consciente o inconscientemente, están sometiéndose hoy, en la esperanza de ‘hacer penitencia’ como camino a sentirse mejor o a cambiar las circunstancias?” O que tal esto: “¿Cómo y por qué continúas castigándote a ti mismo por pecados que ya han sido perdonados?”

Ahora bien, no me malinterpreten, la pena, el remordimiento y la restitución, o en otras palabras, la oportunidad de enmendar, todo debe ser una parte necesaria del “paquete de reparación” requerido para tener emociones y relaciones sanas. También hay que reconocer que estos aspectos nunca han sido un ejercicio académico o intelectual. No. Duelen profundamente en nuestra realidad presente y cambian el curso de nuestra historia. Pienso por ejemplo, en el hombre que conocí hace algunos años, quien luego de convertirse en Cristiano le confesó a su jefe que lo había estado estafando en sus gastos de viaje. A pesar de que estamos hablando de cantidades de dinero extremadamente pequeñas, él sintió la necesidad de confesar y restituir el daño. Perdió su trabajo y, muy probablemente, cualquier oportunidad de ser contratado en el mismo campo profesional para el cual él estaba ampliamente entrenado y para el que era perfectamente apto. O, que tal el esposo y padre de cuatro hijos, quien antes era un mujeriego, y quien en años recientes se ha enamorado de su esposa, ha honrado y adorado a sus hijos, se convirtió en Cristiano y en diácono en su iglesia local, y quien queriendo enmendar a aquellos que había lastimado, tanto dentro como fuera de su familia, admitió, finalmente, su múltiple adulterio, sólo para terminar divorciado, separado e incomunicado de sus hijos y sin dinero, viviendo en un departamento pequeño, solo. ¡Me pregunto si ambas circunstancias no fueron sino actos injustificados de penitencia!

La iglesia siempre ha tenido que lidiar con estos problemas. Ahora, a principios del siglo XXI, cuando los ex-mafiosos, los estafadores, los miembros de pandillas, los vendedores de droga, los delincuentes sexuales, los consumidores secretos de pornografía, todos se acerquen a la iglesia, tendremos que manejar la redención y sus consecuencias en modos que aún no soñamos. ¡Ah, y ni se atrevan a tomar una actitud de mayor santidad, porque yo creo que si cada Cristiano escribiera a Hacienda, confesando cada centavo que han retenido al gobierno y tratara de enmendarlo, entonces podríamos, en una confesión y un acto de contricción precipitados, llevar a la burocracia de nuestra tierra hacia un punto muerto, alarmante y sin sentido!

Mefiboset, hijo de Jonatán, de la casa de Saúl, cayó siendo niño de los brazos de su apresurada niñera. Como resultado quedó lisiado e imposibilitado para caminar. Esta es la imagen bíblica de un corazón contrito. Es de un quebrantamiento, de una dependencia y humillación total y absoluta. Contrasta directamente con el corazón orgulloso y arrogante que dice “no me importa porque puedo arreglarlo”. El corazón contrito no prefija ninguna búsqueda de redención por pruebas duras, internas o externas, sino que humildemente y en sincer súplica, yace llorando delante del trono de Dios.

¿Lo comprenden? Bien. Entonces, sean sabios.

Reflexiona: “Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra.” Isaías 66:2 

Ora: - Señor, Tú redimes. Señor, Tú restauras. Señor, Tú.

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