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Alimento Diario - 13 de Marzo, 2018

  • 2018 Mar 13
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Marzo 13

Leer Juan 18:15-18

UNA PUERTA ABIERTA

Pedro se quedó afuera, a la entrada. Pero salió el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, le habló a la portera, e hizo que Pedro entrara. (Juan 18:16)

Esa noche, la puerta de la casa del sumo sacerdote estuvo muy ocupada. Una vez que Jesús fue arrestado, comenzó la acción. Los mensajeros salieron a convocar al concilio judío a una reunión de emergencia y pronto esos caballeros de la elite pasarían por la puerta para reunirse en el salón que daba al patio. El mismo Jesús pasó por esa puerta como prisionero, llevado por un guardia. Su discípulo Juan fue reconocido y fue dejado entrar discretamente, quizás porque su familia haya tenido relaciones de negocios con la familia del sumo sacerdote.

Pero Pedro no pudo entrar. Llegó tarde y nadie lo conocía. La puerta se abrió sólo después que Juan le dijera algo al portero, haciéndole un favor a un amigo que amaba a Jesús.

Aunque quizás hubiera sido mejor que Pedro se hubiera quedado afuera. Una joven sirvienta fue la primera en decirle: “¿Acaso no eres tú también uno de los discípulos de este hombre?” (Juan 18:17).

“No lo soy”, dijo Pedro, y se fue al patio central. Pero la acusación lo siguió. ¿Acaso no eres uno de ellos?… Debes ser uno de ellos… Eres uno de ellos, pues eres galileo.”

No había escapatoria. Pedro estaba atrapado del lado equivocado de la puerta: entre los enemigos de Jesús. Y entonces hizo lo único que le vino a la mente: negó a Cristo en voz alta y repetidamente, maldiciendo y jurando, con la esperanza de que le creyeran su mentira.

Y de pronto la puerta ya no tuvo más importancia. Pedro se había atrapado a sí mismo con sus mentiras, maldiciéndose con sus propias palabras, separándose de la comunión de Cristo. No tenía salida. A menos que…

Justo entonces, Jesús se volvió a ver a Pedro (ver Lucas 22:61). ¿Qué había en su mirada? ¿Tristeza? Sin lugar a duda, y también decepción. Pero, por sobre todas las cosas, había amor. Jesús conocía a Pedro y sabía lo que había hecho, pero aun así lo amaba. Y en ese preciso momento estaba en proceso de salvarlo: a él y a todos nosotros.

El amor salvador de Jesús le abrió a Pedro la puerta a la libertad y a la vida. Lo mismo hace para nosotros hoy.

Oración: Señor, gracias por liberarme del pecado y la muerte que me habían atrapado. Enséñame a vivir en tu libertad, amando a quienes me rodean y compartiendo el gozo de tu salvación. Amén.

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