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Alimento Diario - 21 de Marzo, 2018

  • 2018 Mar 21
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Marzo 21

Leer Juan 19:23-24

SIN NINGUNA POSIBILIDAD

“Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. (Juan 19:24)

Después que crucificaban a una persona, su ropa se la repartían entre los soldados. Así fue como los soldados encargados de crucificar a Jesús terminaron apostando por ella a los pies de la cruz. Sólo había una prenda de ropa de valor, una túnica sin costuras, y no querían arruinarla, por lo que decidieron apostar y jugar por ella.

El contraste no puede ser mayor: abajo, hombres apostando y conversando; arriba, el Hijo de Dios sufriendo y muriendo. ¿Acaso no sabían? Algún tipo de percepción espiritual debería haberles susurrado al oído: “¡Presten atención! ¡Muestren un poco de respeto! Este no es un criminal común y la suya no es una muerte común.”

Pero sabemos que nada de eso sucedió. Los soldados siguieron adelante con su día como si fuera cualquier otro día, echándole la culpa de todo al azar y a la buena o mala suerte. Mientras tanto, por encima de sus cabezas, el Cristo sabía que no había nada de azar, sino que todo había sido ordenado por Dios para nuestra salvación… desde el comienzo mismo de los tiempos.

Cuando lo que estaba en juego era nuestra salvación, Dios no dejó nada al azar. Todos los detalles están en el Antiguo Testamento: el nacimiento de Jesús; sus milagros, predicaciones y enseñanzas; su sufrimiento, muerte y resurrección; los soldados echando la suerte; los clavos y la cruz; la tumba vacía. Todo está allí.

Pero lo más importante de todo es que allí también está Dios, Jesús, Emanuel, Dios con nosotros. Nadie más habría de ser nuestro Salvador: ningún ángel, ningún hombre poderoso, ni ningún otro gran poder. Dios mismo se convirtió en nuestro Salvador, dando su vida por nosotros en la cruz. Dios mismo resucitó de la muerte ese primer día de Pascua para darnos vida eterna.

Dios no le confió nuestro destino a nada ni a nadie más que a sí mismo.

Oración: Padre, sé que mi vida está en tus manos. Ayúdame a confiar en ti aun en los tiempos difíciles, sabiendo que me amas y que sólo deseas lo mejor para mi vida. Amén. 

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